Nuestra filiación divina: sus implicaciones

Fuente: Vivificat.
14 del 9 de 2011

Autor: P. Benigno Benabarre Vigo | Fuente: El Visitante

Sabemos por revelación, que en la unicidad divina hay un Padre Dios, un Hijo Dios y un Espíritu Santo Dios. Encarnado en María, virgen, ese Hijo Dios se constituyó en hermano mayor nuestro al ser nosotros adoptados en el sacramento del Bautismo mediante la fórmula trinitaria: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

Sería bueno que reflexionáramos en la grandiosidad de esa consagración y adopción consiguiente -la mayor dignidad que el humano puede alcanzar.

Obligaciones como hijos de Dios

Siempre en lo humano y, con mayor razón, en lo divino, el buen hijo de Dios ha de amarle, obedecerle, servirle y estarle agradecido con todo su corazón, alma y fuerzas, en todo tiempo, lugar y circunstancia.

Amar a Dios. Amar a los que nos han hecho algún bien es el primer sentimiento que nace en el corazón del bien nacido. Y ha de ser un amor práctico, un amor que se sacrifica, se complace en darlo a conocer y lo defiende y si es necesario, da su vida por él. Es lo que Cristo hizo por nosotros.

Obedecer a Dios. El amor a Dios exige nuestra obediencia absoluta a todos sus mandatos. Decir que le amamos de veras y no obedecerle en todo es inconsistente. Y lo que Dios nos manda lo tenemos en la Biblia y en la voz viva de Dios, que es su Iglesia Católica, la única que Cristo fundó. Nuestra obediencia será sólo grata a Dios si todo lo hacemos con alegría y para complacerle. Así nos lo recuerda San Pablo.

Servir a Dios. Dios nuestro Señor no nos necesita para nada -somos nosotros los que dependemos de Él. Nuestros servicios deben ser hechos al prójimo (sus otros hijos) con el mismo cuidado y amor con que lo haríamos al mismo Dios. Esto se funda en lo que nos manda San Juan: amar a Dios como Él nos amó, hasta morir en la cruz, si fuere necesario.

Agradecer a Dios. La falta de agradecimiento a Dios es uno de los pecados más comunes. Por ejemplo: ¿”Bendecimos” todos los días nuestra comida y damos rendidas gracias a Dios por el alimento que nos proporciona? ¿Lo hacemos por rutina o con plena conciencia? Después de la comunión, ¿dedicamos varios minutos para dar gracias a Jesús por el extraordinario regalo de dignarse venir a nuestro corazón? ¿Cuántos, al terminar la Misa, salen de la iglesia inmediatamente y se ponen a conversar, teniendo aún al Jesús total “real, verdadera y sustancialmente en su interior”, como nos enseña la Iglesia? Es mucho lo que Dios nos exige pero si tenemos un poquito de fe, reconoceremos que nos promete mucho más de lo que vale nuestro servicio a EL.


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