Luisito, el aprendiz de torero
Fuente: Así va España.
9 del 2 de 2012
Qué bien torea Luisito, el joven hijo de mi vecino José Ignacio. Qué arte tiene con el capote, con el estoque, con las banderillas. Ole, ole. Cómo luce su traje de luces. Es la envidia de todo el barrio, y del mismo modo que hace unos años estuvo de moda ser periodista o médico, ahora todos los niños quieren ser como Luisito: toreros que pongan el alma en el ruedo. Chayanne ha vuelto, queridos amigos.
Luisito es un niño cañí, y ha descubierto el cine español, y lo disfruta, y se infla a palomitas viendo aquellos filmes exquisitos dirigidos por Icíar Bollaín, y babea con aquellas extrañas películas, en la que Paz Vega aparece, para consternación de todos, vestida. Y su papá, tan contento con la afición cinéfila de su niño.
Por otra parte, qué pena me da Luisito: su padre le da pasta para torear y para ir al cine, pero no se gasta un duro en su educación. Más bien todo lo contrario: José Ignacio escatima en la formación de su hijo, le ha metido tijeretazos a la economía familiar, y el aprendizaje educativo y cultural ha mermado. “O la escuela de tauromaquia o la universidad, pero todo no puede ser”, dijo José Ignacio, en cinco o seis idiomas –él sí que es listísimo y políglota-.
Comentaba ayer, con un amigo, el caso de Luisito y de José Ignacio, y llegamos a la siguiente conclusión: España sigue empeñada en ser el país con más gilipollas por metro cuadrado.


