La lectora del silencio
Fuente: And Im calling your name, I dont know my own..
10 del 2 de 2012
¡Cuántas cosas se dicen del silencio! Ella conocía a un autor que lo retrataba muy bien. Porque el silencio de su pareja había sido atroz, ensordecedor, terrible y había desmoronado todo su interior, mucho más que si hubiera utilizado alguna palabra. Así lo explicaba Kafka.
“Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.”
Cuando ella le había pedido sinceridad absoluta él había contestado con silencio. Cuando ella le había pedido fidelidad, él había guardado las palabras detrás de sus labios cerrados. Cuando ella le preguntó vanamente, sumida en una tristeza inconmensurable, si todavía la quería, él había mantenido el silencio.
Silencio absoluto y mirada penetrante. Así decía Kafka que las sirenas miraban a Ulises. “En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez por el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises.”
¿Qué clase de maldad le llevaba a hacerle eso? ¿Es que realmente no quedaba nada de la felicidad que habían compartido? ¿Es que todos esos recuerdos que desfilaban por su memoria no valían nada? Las caminatas por Paseo de Gracia, el bar de las Hadas, las noches de verano a la luz de las velas, los teleféricos a Montjuic, las tardes de otoño en el Parque Güell…Quizás fuera otra la hipótesis que tuviera que tener en cuenta.
“Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo.”
¿Estaría sólo ella convencida de que ese silencio tenía un significado? ¿Sería su locura la que se desataba a partir de la falta de palabras, de la falta de acciones? ¿Qué clase de estúpida sería si fuera así?
¡Pero eso no podía ser! Ella estaba segura, tenía unas pruebas, unos patrones, LE conocía. Sabía que no podía ser un fruto de la casualidad y que su reacción no era desmesurada. Había huido para no enfrentarse a ese silencio desolador, como Ulises, que se había encadenado y tapado las orejas para no escuchar a las sirenas. Pero, oh, cuánto deseó ser el griego en ese momento, porque se sentía navegar también, pero por un mar de incertidumbre, de bóvedas encriptadas que tenía la ligera noción de entender y la desconcertaban aún más. Se sentía encadenada ante la visión de un espectáculo cuanto menos grotesco e hiriente, mucho más que la descomunal danza de las sirenas, la vida misma, el amor mismo, caótico como es, terrible, desequilibrado, lleno de locura y movimiento.
Acabó de leer la última parte del cuento mentalmente, sabiéndoselo ya de memoria:
“Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.”
¡Cuánto deseó poder ser como Ulises entonces!

