El miedo a la democracia

Fuente: Realidad Ecuador.
30 del 1 de 2012

Por Héctor Yépez Martínez | @hyepezm





Jamás la democracia ha sido pensada para elegir a una sola persona que gobierne, a su discreción, en nombre de todos. El predominio absoluto de un Presidente en la política es la antítesis de cualquier sistema democrático. Por muchas razones. La más elemental es que el Presidente no es elegido por todos aquellos a quienes va a gobernar, sino tan solo por una parte del pueblo. De ahí que admitir un poder absoluto del Presidente implica, siempre, legitimar una tiranía contra los numerosos ciudadanos que no votaron por él. Y eso se llama autoritarismo.

Por ello, hace siglos, después de tantos fracasos políticos, la humanidad descubrió que lo mejor era que las grandes decisiones de la vida pública no queden en manos de una sola persona, sino de un cuerpo colegiado donde las diversas posturas de la sociedad estén reflejadas con mayor fidelidad: la Función Legislativa, donde no se representa al grupo con más votos, sino a todo el país en forma proporcional.

Este sistema, ya lo decía Churchill, no es perfecto… pero es sin duda el menos malo. No obstante, los ecuatorianos tenemos un concepto muy pobre de la Función Legislativa, por culpa de ese viejo Congreso de la partidocracia, mezcla de zoológico y circo, que entendió la democracia como pacto oscuro y el pluralismo como selva ingobernable — y también por culpa de la actual Asamblea, que se obstina en repetir los mismos vicios, solo que sin pactos ni pluralismo.

Así que hoy Ecuador se ha ido al extremo opuesto: nuestra poca fe en el Legislativo nos ha llevado a la torpeza de aceptar que las decisiones públicas se tomen a espaldas de nuestros representantes directos en la Asamblea. Es decir, de la forma menos democrática posible.

Un reciente ejemplo es la reforma al Código de la Democracia, que hace poco comenté, donde un veto del Ejecutivo pesó más que la mayoría del Legislativo y va a ser “reglamentado” por el Consejo Nacional Electoral, una entidad designada sin participación popular. En otras palabras: las reglas electorales se aprobaron por una “parte” del país representada en el Presidente, en contra de “todo” el país representado en la Asamblea, pero van a ser afinadas por un Consejo Electoral que no representa a "nadie". Y así, para colmo de la ironía, es como se va a regular el sufragio en Ecuador.

No se trata de un caso aislado. ¿Recuerdan cuando se creó nuevos impuestos sin debate en la Asamblea y se sugirió que la Corte Constitucional dicte una ley de comunicación? Hoy la tendencia parece ser que, cuanto mayor es la gravedad de un asunto público, menor es la representación y participación de los ciudadanos en su solución. Es que algunos —oficialistas y opositores— creen que ciertas cosas no deben resolverse en democracia; que, a veces, resulta un estorbo político que no puede obstruir los grandes fines del Estado y no queda más que hacerla a un lado.

¿De quién es la culpa? En parte del Presidente Correa, pero la mayor responsabilidad es de los asambleístas. Son ellos quienes, habiendo sido elegidos para representar al pueblo y decir, en su nombre, lo que otros quieren dejar en las sombras —ese es el significado de “parlar”, de donde proviene el vocablo “parlamento”—, han preferido convertirse en alfombras del silencio, para dejar que el Poder corra lo más rápido posible, a salvo de las temibles zancadillas de la democracia.




Imagen de monpergutibrasan.blogspot.com



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